DAMIAN WINTER
Mi padre me miraba como si hubiera perdido completamente la razón. La luz que entraba por las ventanas no conseguía suavizar la dureza de su rostro.
—Estás faroleando —dijo al fin, con una sonrisa escéptica—. No vas a abandonar lo que te costó años conseguir. No eres tan tonto.
Crucé los brazos y sostuve su mirada.
—No estoy faroleando, papá. Si esa silla significa más para ti que tus nietos, quédatela. O dásela a quien quieras. Porque a mí no me significa nada comparada con Stell