Aquella mañana, el nombre que aparecía en la pantalla del portátil de Damian seguía atormentando sus pensamientos.
Ya había revisado esos datos una y otra vez. Una vez. Dos veces. Incluso cinco. Pero el resultado no cambiaba. Seguía siendo el mismo.
Los dedos de Damian golpeaban suavemente la mesa con un ritmo pausado, mientras su mirada permanecía fija en las columnas de cifras y en el historial de accesos que llenaban la pantalla.
—Es imposible que sea solo una coincidencia... —murmuró Damian