(POV de Isabel)
El jardín se había convertido en una tumba de plata y hielo, la luna proyectando una mortaja estígia sobre los bojes helados. Estaba junto al banco de hierro, el olor a la desesperación de Derek todavía flotando en el aire como una niebla viscosa. Se quedó frente a mí, los hombros hundidos bajo el peso del exilio, la caja del dardo neumático un secreto oculto y áspero contra las costillas.
—Me voy, Isabel —dijo, la voz un raspido granular que pareció aferrarse al aire helado—. P