(POV de Sofía)
El sonido de los cepillos de los limpiadores contra la caoba era lo único que llenaba el vacío dejado por el cristal roto. Isabel había salido disparada de la sala antes de que se barriera el primer fragmento, la silla retrocediendo con un chirrido duro y discordante. El hombre al que se supone debo odiar ni siquiera levantó la vista cuando ella huyó. Simplemente hizo girar los restos de su propia copa, la cara una máscara de aburrida indiferencia.
—Parece que las damas de la Cre