~HARPER SULLIVAN~
El desayuno fue una tortura silenciosa.
No porque hubiera discusiones, reproches o miradas cargadas de odio —eso, curiosamente, habría sido más fácil de soportar—, sino porque todo estaba envuelto en una incomodidad espesa, casi sofocante, que se colaba por cada rincón del comedor.
Me senté frente a mi plato como si fuera un escudo.
Desde el primer momento evité mirarlo. Me concentré en el tenedor, en el borde de la loza, en la textura de la madera bajo mis dedos. En cualq