~HARPER SULLIVAN~
El desayuno fue una tortura silenciosa.
No porque hubiera discusiones, reproches o miradas cargadas de odio —eso, curiosamente, habría sido más fácil de soportar—, sino porque todo estaba envuelto en una incomodidad espesa, casi sofocante, que se colaba por cada rincón del comedor.
Me senté frente a mi plato como si fuera un escudo.
Desde el primer momento evité mirarlo. Me concentré en el tenedor, en el borde de la loza, en la textura de la madera bajo mis dedos. En cualquier cosa que no fuera Cole Blackwood sentado frente a mí, con esa presencia suya que parecía llenar el espacio aunque no dijera nada.
Sabía que me miraba.
No lo veía, pero lo sentía. Esa atención constante, pesada, que me rozaba la piel como un calor incómodo. Un par de veces, sin querer, levanté la vista… y ahí estaba. Observándome. No con dureza, ni con burla. Con algo distinto. Algo que me ponía nerviosa y me hacía apretar los dientes.
Así que bajé la mirada de inmediato.
«Demonios, ¿por