Dante llegó a su oficina el lunes por la mañana, después de una noche en el Chalet familiar Montenegro donde por primera vez después de cuatro años de casados, durmió con su esposa y no solo eso. Pero lo que más ocupaba sus pensamientos, lo que se repetía en su cabeza como un bucle obsesivo, era aquel beso.
Se dejó caer en su lujosa silla, ignorando la agenda saturada que tenía ese día, y se tocó los labios. Había sido un beso real, cargado de pasión profunda. El sabor de Chloe, la suavidad de