Después de darle la gran noticia a la abuela Caterina, los tres fueron a cenar, pero lo que Guadalupe no esperaba era que una gran sorpresa la esperaba sentada a la mesa del jardín.
Habían pasado poco más de cinco largos años para volver a verla. Al oír la voz de la chica que salía, Alberto Priego se levantó y se volvió para mirar.
Se sorprendió y se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a la chica que salía de la mansión, ya no era la misma niña que había dejado en Lazio.
Esa niña ya era una