Prometida por conveniencia: un año con el futuro duque
Prometida por conveniencia: un año con el futuro duque
Por: Linell Navarro Noriega
Capítulo 1

Catalina caminaba como sonámbula por el andén. Más bien su dama de compañía, Gertrudis, la llevaba del brazo rápidamente hacia el tren. Catalina era una chica en el principio de los 20 años, era de estatura media, de tes clara, de cabello castaño oscuro, lacio y ojos de color café oscuro. Vestía siempre adecuadamente a su clase, ese día en particular llevaba un vestido negro de luto, de mangas largas, cuello alto y ligeramente esponjado, pero también era muy elegante. Su dama de compañía, Gertrudis, sin embargo, vestía ropa más sencilla pero también vestido de luto negro. Gertrudis era un poco más baja de estatura que Catalina, de cabello negro y tes ligeramente oscura, aunque siempre era muy alegre y ambas se querían mucho ya que habían crecido juntas.

Logró despertar de su ensoñación hasta que alguien tomó su mano y le habló insistentemente. Giró la cabeza para ver a su primo y amigo de la infancia, Emilio mirarla con preocupación. Para entonces ya se encontraban en un vagón sentados. Emilio era alto de cabello ligeramente más claro que Catalina, ojos café oscuro también, cara afilada, de tes clara, atractivo y su actitud tremendamente caballerosa lo hacía aun más guapo.

―¿Me decías? ―Preguntó ella.

―¿Estás bien? ―Preguntó él.

―Sí, solo un poco distraída ―Le sonrió levemente ella tratando de tranquilizarlo.

Emilio y Gertrudis intercambiaron una mirada de preocupación.

―No deben preocuparse, de verdad estoy bien ―Dijo ella sonriendo aún más.

―Creo que debimos irnos con mi abuela y el tío en carruaje ―Habló Emilio.

―No, hicimos lo correcto ―Rápidamente ella dijo pensando en que había sido muy doloroso despedirse de la casa en donde había crecido y ver que la cerraban. Porque ella realmente necesitaba ese tiempo para despedirse. ―En verdad estoy bien ―Aseguró.

―Llegando podemos comer un poco de pastel de manzana, sé que eso te animará un poco ―Gertrudis sugirió sonriendo alegremente.

―Conozco una cafetería cerca de la estación del tren, a mi abuela no le importará que demoremos un poco para tomar un té ahí ―Sugirió Emilio.

―Sí, es perfecto ―Se entusiasmó Gertrudis aplaudiendo sonoramente, pero rápidamente se recompuso y tosió ligeramente mirando a Catalina con culpa ―Lo siento.

―No lo sientas, me parece buena idea también ―Le sonrió levemente, Catalina.

Emilio y Gertrudis sonrieron también aliviados. El silbato del tren les anunció que se movería y ella tomó la mano de Gertrudis fuertemente por el dolor que le causaba irse de ahí. Su dama de compañía sostuvo su mano y pensó en darle un abrazo, pero Catalina solo miró hacia la ventana como había hecho los últimos meses.

Sus padres habían muerto en un accidente de carruaje un par de meses atrás dejándola huérfana. Había sido una pena enorme para ella, aunque Emilio y la abuela de él (tía abuela de Catalina) habían estado apoyándola en todo momento. Después del sepelio no había salido de su habitación en días hasta que había recibido la visita de su abuela paterna. Pero si por ella hubiera sido, jamás habría dejado su casa.

Sin embargo, ahora su propia abuela, la señora Isidora Ortigoza viuda de Alcalá de la Alameda, era quien decidía todo respecto a Catalina, así como el dinero y las propiedades de sus padres. Desafortunadamente, eso no había sido bueno para la chica, ya que siendo joven y sus padres al no haber dejado testamento, todo pasaba a manos de su abuela. Y aunque estaba en el inicio de los veintes las leyes beneficiaban a su abuela y la perjudicaban a ella.

Emilio y Gertrudis platicaron levemente todo el trayecto mientras ella solo miraba por la ventana pensando en sus padres y en lo mucho que los extrañaba. En algún momento sintió la desesperación, que usualmente lograba controlar, crecer dentro de ella y para ignorarla se levantó del asiento. Emilio y Gertrudis hicieron lo mismo preocupados por ella.

―Lo siento, solo necesito ir al baño ―Dijo ella quitándole importancia.

―Voy contigo ―Dijo Gertrudis rápidamente.

―No, muchas gracias, es incómodo ir dos personas juntas, iré yo sola ―Respondió ella

―Esperaré afuera ―Insistió Gertrudis

―Estaré bien, Gertrudis, gracias ―Dijo ella con firmeza.

Gertrudis asintió sabiendo que ella necesitaba estar sola y que eso ya no sería posible una vez que llegaran a casa de su abuela.

Caminó hacia el pasillo y luego a lo largo del tren sujetándose con fuerza por el movimiento, cuando llegó al baño vio que la puerta que conectaba fuera del vagón con el siguiente estaba abierta. Se acercó porque sentía el viento colarse por la puerta abierta. Miró hacia afuera y sintió la fresca brisa en su cara. Cerró los ojos por un momento disfrutando de la soledad y el silencio que tanto necesitaba por un momento.

―No pensará saltar, señorita ―Habló una voz tras de ella asustándola. Ella se giró y vio a un hombre alto de cabello negro, ojos oscuros y profundos, enmarcados por dos cejas oscuras también, de tes clara y forma de cara afilada ―Lo siento, no quería asustarla.

―Solo quería refrescarme un poco ―Explicó ella un poco nerviosa por lo tremendamente guapo que era.

―Puedo abrir una ventana para usted, si gusta, pero es mejor que tome distancia de estas puertas, puede ser muy peligroso si el tren se mueve y usted está cerca ―Ofreció él galantemente.

―No, muchas gracias, señor… ―Dijo ella

― David Leblanc Del Valle ―Se presentó él extendiendo su mano para tomar la de ella y besarla en el dorso.

― Mucho gusto, señor Leblanc ― Reverenció ella y él hizo lo propio.

―Pero aún no me dice su nombre ―Dijo él sonriendo amablemente haciendo que ella dejara de pensar por un momento.

―Yo soy… ―Comenzó a presentarse ella, pero un movimiento abrupto del tren hizo que ella casi callera al suelo, pero David rápidamente la tomó de la cintura.

Ambos se miraron por un momento sintiendo el calor crecer entre ellos. Las manos de él alrededor de la cintura de ella hacían que sintiera unas chispas en su estómago y de pronto se veían muy cerca, lo suficiente para que él notara la respiración acelerada de ella.

―Disculpen, señores, lamento decirles que no pueden estar aquí ―Interrumpió un trabajador del tren haciéndolos separarse. Ella estaba chapeada de las mejillas por la vergüenza.

―Ya nos íbamos ―Respondió David dándole el paso a Catalina, quien caminó sin detenerse.

―Disculpe las molestias, señor Leblanc ―Se disculpó el empleado reconociéndolo. No diario se veía en el tren a alguien próximo a tener un título nobiliario.

―No se preocupe ―se giró David sonriendo amablemente y cuando volvió a girarse la linda chica con mirada triste ya no estaba. Decepcionado caminó hasta su compartimento donde entró frustrado.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP