(Perspectiva de Gemma)
No necesitaba que nadie me explicara lo que estaba haciendo. No era ignorancia, ni un arrebato de locura pasajera que me hiciera perder el norte. Sabía exactamente dónde estaba, sabía quién era el hombre que tenía encima y, sobre todo, era plenamente consciente de la profundidad del abismo al que me estaba arrojando.
Estábamos en la habitación del hotel boutique, un refugio de terciopelo y penumbra a solo unos pasos de la universidad. El contraste entre la frialdad de las aulas, donde Nolan se mantenía a una distancia reglamentaria, y el calor abrasador que desprendía su cuerpo en este momento, era casi insoportable. Él estaba encima de mí, ocupando cada espacio de mi campo visual, moviéndose con una cadencia que parecía dictada por algún ritmo antiguo y prohibido.
Sentí el roce de su barba incipiente contra la piel sensible de mi pecho. Cuando bajó la cabeza y tomó mi pezón entre sus labios, succionando con una determinación que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en las sábanas de hilo egipcio, el resto del mundo simplemente dejó de existir. Ya no había exámenes, ya no había protocolos académicos, ya no había una vida planificada que me esperaba a la vuelta de la esquina. Solo existía el tirón eléctrico en mi vientre y la forma en que su lengua, firme y experta, reclamaba mi cuerpo como si hubiera sido diseñado exclusivamente para su disfrute.
—Nolan... —jadeé, sintiendo cómo el placer se ramificaba desde su boca hasta cada terminación nerviosa de mis extremidades.
Él no respondió con palabras. Emitió un sonido gutural, una vibración profunda que sentí directamente en mi propia piel, y continuó su labor, alternando entre el contacto suave y una succión más exigente que me obligaba a soltar gemidos que no me molesté en reprimir. Mi cuerpo era una cuerda tensa a punto de romperse, un instrumento que él sabía tocar con una maestría que me aterraba y me fascinaba a partes iguales.
De pronto, el silencio de la habitación se vio interrumpido por el sonido estridente y fuera de lugar de mi teléfono móvil sobre la mesa de noche. La pantalla se iluminó, proyectando una luz azulada y artificial sobre las cortinas entornadas. El nombre de
Finn apareció en letras mayúsculas, una interrupción cruel y necesaria. Mi corazón dio un vuelco, no de amor, sino de pánico absoluto. Era la realidad llamando a la puerta, recordándome el papel que debía interpretar.
Nolan se detuvo un segundo. Levantó la cabeza, su cabello revuelto cayendo sobre su frente, y sus ojos —esos ojos que en clase siempre transmitían sabiduría y contención— ahora estaban cargados de una oscuridad depredadora. Me observó, esperando ver qué haría. ¿Me detendría? ¿Colgaría y volvería a mi vida de mentiras?
Con una mano temblorosa, me estiré hacia el teléfono. Mi mente trabajaba a mil por hora, inventando la excusa perfecta, la red de mentiras que mantendría mi fachada intacta por un día más.
«Cariño, el proyecto de fin de curso se ha complicado más de lo previsto. Hay una reunión de emergencia con el departamento. No llegaré esta noche. Iré mañana a primera hora. Te extraño». Tecleé el mensaje con una rapidez que me resultó ajena. Pulsé "enviar" y, con un suspiro que sonó a rendición, bloqueé la pantalla y dejé caer el móvil sobre la superficie de madera. Cuando volví a mirar hacia arriba, Nolan ya no me estaba mirando con la misma intensidad. Había una sombra de algo nuevo en su rostro, una mezcla de posesión y frialdad calculada.
Sin previo aviso, se apartó de mí. Se levantó de la cama con una gracia felina, su cuerpo desnudo destacando contra la penumbra de la habitación. Me sentí expuesta, vulnerable en el vacío que había dejado su ausencia, como si el frío del aire acondicionado fuera de repente un látigo sobre mi piel.
—¿Satisfecha? —preguntó con voz grave, mientras se acercaba de nuevo a la cama.
No me dejó responder. Me tomó de los hombros con firmeza, obligándome a tumbarme por completo sobre las almohadas. No fue una caricia suave; fue un movimiento de dominio, una orden física que mi cuerpo obedeció sin cuestionar. Él no se volvió a subir encima de mí de inmediato. En su lugar, se inclinó sobre mi costado, apoyando su peso sobre un antebrazo mientras su otra mano recorría mi cuello con una lentitud que rozaba la tortura.
Comenzó a besarme, pero no los besos cargados de deseo urgente de hace un momento. Estos eran diferentes. Eran besos lentos, marcados por una intencionalidad casi hiriente. Se concentró en la base de mi cuello, justo donde mi pulso latía desbocado. Su lengua trazó círculos lentos, húmedos y calientes, reclamando cada centímetro de mi garganta.
—Has enviado el mensaje —susurró contra mi piel, sus dientes rozando suavemente mi clavícula—. Has elegido.
Sus palabras sonaban como una sentencia. Sabía lo que estaba haciendo: estaba borrando las huellas de Finn, cubriendo cada poro de mi piel con su propio aroma, con su propia firma, asegurándose de que, aunque regresara a casa, una parte de mí se quedaría para siempre en este hotel. Era una forma de marcar territorio. Cada vez que él succionaba mi piel, dejando pequeñas y casi invisibles marcas de su posesión, sentía que estaba erosionando la mujer que yo creía ser para construir una nueva, una que solo existía para él.
Cerré los ojos, dejándome llevar por el torbellino de sensaciones. La forma en que sus labios recorrían mi cuello, la presión de su mano en mi cintura, el calor de su cuerpo que no terminaba de tocarme pero que me envolvía como una manta pesada... todo era un juego diseñado para desarmar mis defensas.
Él sabía que el mensaje a Finn era mi punto de no retorno. Y, sin embargo, en lugar de consolarme, me estaba obligando a afrontar la realidad de mi elección a través del placer. Era un tipo de castigo que se sentía como una caricia, una contradicción que me estaba rompiendo desde dentro.
—Mírame, Gemma —me ordenó, deteniéndose justo cuando sus labios encontraban el punto más sensible bajo mi oreja.
Abrí los ojos. Nolan estaba sobre mí de nuevo, sus rodillas encajando perfectamente entre las mías. Su expresión era ilegible, un enigma envuelto en seda y deseo. Había algo en su mirada que me decía que este juego no terminaría cuando saliéramos por esa puerta. Él estaba jugando a largo plazo, estaba moviendo las piezas de una partida donde yo era, al mismo tiempo, el peón y el premio.
—¿Quién es la persona que se supone que llega mañana? —preguntó, y su voz no tenía ni una pizca de burla. Era una pregunta seria, una petición de honestidad brutal.
—Nadie —susurré, y por primera vez en toda mi vida, no fue una mentira. En el momento en que nuestras pieles volvieron a encontrarse, en el instante en que él se inclinó para volver a morder la curva de mi cuello, el hombre que me esperaba en el aeropuerto se convirtió en un fantasma, en un recuerdo lejano que ya no tenía cabida en la lógica de nuestra habitación.
Él sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos pero que se sintió como una promesa de tormenta. Su boca descendió de nuevo, esta vez con una urgencia renovada. Sus labios no solo besaban; devoraban. Cada succión era una marca, una reclamación de propiedad que me obligaba a soltar pequeñas exclamaciones de rendición. Mis manos buscaban desesperadamente su cabello, tirando de él, atrayéndolo hacia mí con una desesperación que ya no sabía cómo ocultar.
El mundo exterior, la universidad, la boda, las expectativas de mis padres, todo eso se había disuelto en la atmósfera cargada de esta habitación. Estaba acostada allí, sintiendo el peso de Nolan sobre mí, sintiendo su lengua reclamar mi cuello una y otra vez, y me di cuenta de que mi vida, tal y como la conocía, había terminado hacía ya mucho tiempo.
No me importaba. O al menos, eso me repetía a mí misma mientras perdía la noción del tiempo y del espacio. Sus manos bajaron por mi pecho, recorriendo las curvas que él mismo había definido con sus caricias, hasta llegar a mi vientre, trazando dibujos invisibles que me obligaban a arquearme de nuevo. Cada movimiento suyo era una coreografía de poder. Él era el director, yo era la música, y juntos estábamos creando algo tan destructivo como hermoso.
Nolan se detuvo una vez más, esta vez solo para observar el resultado de su labor en mi piel. Observó las manchas rosadas que decoraban mi cuello, una constelación de sus intenciones, y su rostro se suavizó por un segundo, una brecha en su armadura de hierro.
—Eres mía, Gemma —dijo, no como una pregunta, sino como un hecho consumado, una realidad que incluso yo, en mi delirio, no podía negar—. Y mañana, cuando finalmente te liberes de todas esas obligaciones absurdas, volveremos a empezar.
Me atrajo hacia él, envolviéndome en un abrazo que se sentía menos como una muestra de afecto y más como una jaula. Y yo, en lugar de huir, en lugar de intentar escapar de esa prisión de terciopelo, me hundí más en sus brazos. Me quedé dormida, o quizás simplemente me perdí en la penumbra, sabiendo que al despertar, el mundo seguiría ahí afuera, pero en esta habitación, con el aroma a madera y el sabor de su piel en mis labios, yo era la única versión de mí misma que realmente importaba.
La noche continuó, eterna y silenciosa, protegida por los muros del hotel. Afuera, la ciudad de la universidad seguía su curso, ajena a la transformación que ocurría detrás de la puerta 402. Pero para nosotros, el tiempo se había detenido. No había más capítulos que escribir, solo este, este instante infinito donde la mentira era la única verdad y el pecado, la única forma de salvación que conocíamos.
Me desperté un par de veces durante la madrugada, encontrando a Nolan observándome en la oscuridad. No decía nada. Solo me acariciaba el cuello, trazando con el pulgar la piel que había dejado marcada horas antes. Cada roce me recordaba por qué había decidido no ir a buscar a Finn. Cada contacto me confirmaba que, aunque fuera un error, aunque fuera una catástrofe anunciada, estaba exactamente donde quería estar.
El amanecer comenzaría pronto a filtrarse por las cortinas, recordándonos que las máscaras debían volver a ponerse. Pero, por ahora, en la seguridad de nuestra pequeña mentira, solo existíamos nosotros dos. Y mientras Nolan volvía a inclinar la cabeza, buscando una vez más el pulso en mi cuello, supe que no habría vuelta atrás. Estaba perdida, y por primera vez en mi existencia, no sentía el menor deseo de ser encontrada.