Capítulo 22: El precio de la imprudencia

(Perspectiva de Nolan)

El campus de la universidad, bañado por la luz mortecina de un atardecer que teñía el cielo de tonos cobrizos, se sentía como una prisión de cristal. Caminar por los pasillos después de lo que habíamos compartido en el hotel boutique, sintiendo el aroma de su piel impregnado en mi propia ropa, era un ejercicio de autocontrol que rozaba lo inhumano. Gemma caminaba a pocos pasos de distancia, con la mirada baja y los hombros tensos; su cuerpo era un mapa de la noche anterior, un registro táctil de cada una de mis marcas.

Yo intentaba mantener la compostura, proyectando esa imagen de frialdad académica que mis alumnos habían aprendido a temer y respetar. Pero cada vez que nuestros hombros se rozaban accidentalmente al doblar una esquina, una corriente de adrenalina me recorría la espalda. Ella era mi debilidad, mi error de cálculo más exquisito, y el hecho de que su prometido —ese hombre que no tenía ni la más mínima idea de quién era yo realmente— estuviera a punto de aterrizar en esta ciudad, convertía cada segundo en una cuenta atrás hacia un desastre inminente.

Entramos en el aula 304, el espacio donde todo había comenzado, donde mi autoridad era absoluta y donde la distancia entre profesor y alumna debería haber sido una muralla infranqueable. La estancia estaba vacía. Las sillas estaban recogidas y el aire estaba cargado con el olor a tiza y polvo, un ambiente estéril que se sentía obsceno en comparación con la calidez del hotel.

Gemma cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, con los ojos húmedos y esa expresión de culpa que, extrañamente, en lugar de alejarme, despertaba en mí una necesidad depredadora de poseerla.

—Tengo que irme, Nolan —dijo ella, con la voz quebrada por el cansancio—. Finn llega en un par de horas. Tenemos planes. No puedo... no podemos seguir fingiendo que esto no tiene consecuencias.

Caminé hacia ella con paso lento, disfrutando de cómo sus ojos se abrían con una mezcla de terror y anticipación al ver mi expresión. Me detuve a escasos centímetros, lo suficientemente cerca para que pudiera sentir el calor de mi cuerpo, pero lo suficientemente lejos para torturarla con la expectativa.

—¿Consecuencias? —pregunté, dejando que mi voz cayera a un tono bajo, casi un susurro—. ¿Te refieres a la culpa que intentas disfrazar de responsabilidad, o a la realidad de que, en cuanto lo veas, te vas a dar cuenta de que ya no le perteneces?

—No hagas esto —suplicó ella, aunque no retrocedió.

Sin mediar palabra, la tomé de la cintura y la levanté, sentándola sobre mi escritorio de caoba. Los libros y expedientes que reposaban sobre la superficie se deslizaron hacia el suelo con un estrépito sordo que quedó enterrado en el silencio del aula. Ella soltó un jadeo ahogado cuando sintió la madera fría bajo sus muslos, pero sus manos buscaron instintivamente mis hombros para estabilizarse.

Me acerqué a ella, mis manos bajaron por sus piernas con una lentitud deliberada, recorriendo la seda fina de sus medias hasta llegar al borde de su falda. Ella se mordió el labio inferior, un gesto de rendición absoluta que me hizo perder el último rastro de cordura.

—Dime que te vas —murmuré, rozando sus labios con los míos sin llegar a besarlos—. Dime que vas a salir por esa puerta, que vas a encontrarte con él y que vas a ser capaz de olvidar el sabor de mi piel. Dímelo, Gemma, y te dejaré ir.

Ella no respondió. Sus ojos, oscuros y brillantes, me desafiaban a seguir adelante, a obligarla a ser honesta consigo misma. Con un movimiento rápido y preciso, tiré de sus pantys, despojándola de esa última barrera que separaba mi control de su vulnerabilidad. La tela quedó reducida a un despojo entre mis dedos antes de que la lanzara al suelo, fuera de nuestro alcance.

—Debo irme... Finn... —balbuceó, pero sus piernas se abrieron instintivamente, invitándome a invadir su espacio.

—Finn no está aquí ahora —dije, sintiendo cómo la sangre me golpeaba en las sienes.

Solté el cinturón de mi pantalón con un chasquido metálico que resonó en el aula como un disparo. Ella se tensó, sus manos agarrando el borde del escritorio con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El juego de poder entre nosotros estaba en su punto más álgido; no era solo sexo, era la redefinición de nuestra realidad. Quería que recordara, que cada centímetro de su cuerpo estuviera impregnado de mi presencia para que, cuando él la abrazara, ella solo pudiera sentir mi huella.

Comencé a jugar con ella, utilizando mis manos para explorar su centro, para reclamar el territorio que me había sido entregado en la tina. Ella jadeaba, su cabeza cayendo hacia atrás, con el cabello castaño derramándose sobre el escritorio. Cada uno de sus gemidos era una pequeña victoria, una validación de que ella estaba atrapada en el mismo laberinto que yo. Mis dedos, expertos en la cartografía de su placer, movían su ritmo a mi antojo, acelerando cuando ella suplicaba y ralentizando cuando quería verla romperse.

—Por favor, Nolan... no puedo... —susurró, aunque sus caderas se movían buscando el contacto.

—Sí puedes. Puedes hacer todo lo que yo te ordene hoy —repliqué, retirando mis dedos solo para acercarme a su entrada.

No me precipité. Me tomé el tiempo de observar cada detalle de su rostro, la marca roja en su hombro, el brillo de sus ojos, la forma en que se mordía el labio intentando controlar el sonido de sus propios suspiros. Era una visión que me obligaba a mantenerme al límite, luchando contra mi propio deseo de acabar con todo de un solo movimiento.

Comencé a entrar lentamente. Cada centímetro que ganaba era una batalla contra su resistencia interna, una fricción lenta que la obligaba a jadear y a enterrar las uñas en mis brazos. El roce era exquisito, un contraste de texturas que nos dejaba a ambos al borde de la desesperación. Gemma me miraba con una intensidad que casi lograba hacerme olvidar el mundo exterior, el prometido que la esperaba en el aeropuerto, las leyes que yo debería enseñar y las consecuencias sociales de nuestra locura.

A medida que me hundía más profundamente, su cuerpo se ajustaba al mío con una plasticidad que parecía diseñada a medida. Ella se arqueó hacia adelante, sus pechos subiendo y bajando con una respiración que ya no era controlable. La tanguita de encaje que todavía llevaba puesta a un lado apenas servía para ocultar el hecho de que ella estaba completamente entregada a mi ritmo, a mi fuerza.

Cuando finalmente estuve dentro por completo, me detuve por unos segundos, disfrutando de la sensación de plenitud y de la forma en que ella me envolvía. El silencio del aula era casi insoportable, solo interrumpido por el sonido de nuestras respiraciones descompensadas.

—¿Sigues queriendo irte? —pregunté, con la voz hecha trizas por el esfuerzo de no perder el control.

Ella negó con la cabeza, sus ojos cerrados, una lágrima solitaria escapando por la comisura de su ojo. Me abrazó por el cuello, atrayéndome hacia sí con una fuerza que me sorprendió, obligándome a acortar la distancia hasta que no hubo ni un milímetro de aire entre nosotros.

Comencé a moverme. Primero fue un ritmo pausado, una exploración del espacio, pero rápidamente la urgencia tomó el control. Cada embestida era una declaración de propiedad. Mis caderas golpeaban contra el borde del escritorio, haciendo que la madera crujiera bajo nuestro peso, un sonido rítmico que marcaba el tiempo de nuestra entrega. Ella gritaba mi nombre, un grito que no era de auxilio, sino de éxtasis, un grito que desafiaba a las paredes del edificio y a la vida que la esperaba fuera de ellas.

La sentía contraerse a mi alrededor, sintiendo el calor abrasador de su placer mientras yo me perdía en su piel. Era un acto de posesión total, un intento desesperado de marcarla tan profundamente que, sin importar quién llegara, sin importar qué planes hiciera o qué futuro le prometieran, ella siempre recordaría quién la había hecho sentir de esa manera.

Cada segundo que pasaba en esa aula era una sentencia. Estábamos destruyendo su seguridad, estábamos incinerando sus posibilidades de una vida normal, y sin embargo, en ese momento de frenesí, mientras mis manos la sujetaban contra el escritorio y su cuerpo se entregaba al mío con esa ferocidad, no había otro lugar en el universo donde yo deseara estar. La clase había terminado, pero la verdadera lección apenas comenzaba: ella no se iría, porque no podía, y yo no la dejaría, porque mi propia vida se había quedado encadenada a la suya en la madera de este escritorio.

Al llegar al clímax, la intensidad fue tal que sentí como si todo el edificio pudiera venirse abajo. Ella se arqueó, sus manos apretando mis hombros hasta dejarme marcas, y soltó un sonido largo y gutural que rompió el último rastro de mi autocontrol. Me corrí dentro de ella con una ferocidad que me dejó vacío y lleno al mismo tiempo, mientras ella se derretía contra mí, con el cuerpo todavía convulsionando por el placer.

El silencio que siguió al estallido fue absoluto. Solo quedaba el eco de nuestro desastre. La miré, con los ojos cerrados y el rostro bañado en un rubor que tardaría horas en desaparecer. Finn llegaría, el mundo seguiría girando, pero en esta aula, entre los restos de nuestros libros y la dignidad perdida, algo se había sellado. Estaba marcada, y por más que intentara fingir, el profesor Nolan West se había asegurado de que, para cuando ella regresara a su vida, fuera simplemente una versión de sí misma que ya no le pertenecía.

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