Capítulo 46.

—Quiero ver la mercancía —dijo el Alfa Amadeo, del territorio tres, inclinándose hacia delante con desconfianza.

El primero soltó un bufido, como si la petición fuera absurda.

—¿Acaso piensas que soy un estúpido? —replicó en voz baja el Alfa Julian, del territorio 6, sin perder la calma—. Primero muéstrame el orus.

El otro apretó la mandíbula, molesto, pero no discutió. Sabía que en ese mundo nadie enseñaba nada sin garantía de pago.

Yo, pegada a la pared con la postura rígida de un guardia cualquiera, apenas pestañeaba.

El Alfa Amadeo sacó de entre sus ropas una pequeña bolsa de cuero y la dejó sobre la mesa con un golpe seco. El tintineo metálico fue claro, incluso entre la música y las risas que llenaban el salón.

El Alfa Julian sonrió satisfecho, dejando ver un destello de colmillo.

—Así sí podemos hablar.

Se inclinó hacia delante, bajando un poco más la voz.

—No traje demasiado, solo una pequeña muestra. Sabía que los guardias del castillo registrarían mi c
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