Sentada en el despacho de su padre, ambos guardaron silencio durante un rato, comunicándose solo con la mirada.
—El señor Alexander te envía sus saludos y unos regalos, papá —dijo Livia al fin.
Su padre asintió agradecido y tomó su mano, acariciándola con ternura.
—Gracias por venir, hija —respondió, con una mirada que poco a poco se volvió más intensa, cargada de arrepentimiento—. Perdóname por todo, Livia.
Oh, no… otra vez. Siempre me siento débil cuando pone esa cara de culpabilidad.
El pens