Livia entró en pánico y se apresuró a recoger el vaso vacío que se había caído sobre la cama. Gracias a Dios—no se había derramado. Exhaló como quien acaba de librarse por poco de una ejecución.
Pero entonces llegó su voz.
—¿Qué pasa con ese pelo tuyo?
—¿Eh? —su corazón se desplomó—. ¿Qué quieres decir?
‘¡Me lo alisé! ¡Eso fue lo que me ordenaste ayer! ¿No me digas que ahora te has olvidado?’ quiso gritar, pero se contuvo y solo parpadeó mirándolo.
—¿Y ahora te ves todavía peor? —dijo él.
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