SOFIA
El cambio fue inmediato. No se anunció ni se explicó; simplemente se aplicó.
A la mañana siguiente, mi puerta no se abrió cuando lo intenté. Me quedé allí un segundo, con la mano aún en el pomo, sin moverme ni tirar, solo percibiendo la resistencia. Entonces, un suave clic resonó en la madera. Se abrió.
La abrí y encontré a alguien allí. No era Clara, sino uno de los hombres. Estaba justo afuera, sin apartarse esta vez ni dejar espacio. Simplemente se quedó allí, inmóvil.
«Nuevo protocolo