Durante tres años viví pensando que el hombre que más amé en mi adolescencia y parte de mi adultez me había abandonado sin motivo alguno. Lo odiaba tanto que las lágrimas caían sin cesar, la impotencia me desgarraba por dentro. No podía dejar de desear que lo encontrara para destrozarlo a patadas. Romper promesas no era algo típico de él. Cuando se trataba de mí, bajaba hasta la luna con tal de verme sonreír. Pero dos meses antes de irse, algo cambió. Estaba distante, extraño, decaído. Por más