Cuando Sebastián salió de la cafetería, apenas podía mantenerse en pie.
El conductor lo ayudó a subir al auto.
—¿Señor Jiménez?
Sebastián cerró los ojos, su voz ronca.
—Al hospital privado.
—De acuerdo.
El conductor arrancó el auto hacia el hospital privado.
Durante todo el camino, Sebastián no dejó de fruncir el ceño.
Desde pequeño, cuando sus padres estaban vivos, nunca había sentido la impotencia.
Incluso después de que su familia decayó y él tuvo que reconstruir todo desde cero, hubo dificu