Por un momento me quedé congelada, sus ojos devorándome, sus palabras resonando en mi pecho. Pero entonces algo parpadeó dentro de mí, calor, audacia, algo que no sabía que llevaba.
En lugar de encogerme, me incliné hacia adelante. Mis manos subieron por sus muslos, sobre la tela azul marino de su falda, y se detuvieron justo antes del dobladillo.
Su respiración se cortó, apenas perceptible, pero la sentí.
—Tienes razón —susurré, dejando que mi voz goteara con la misma calma autoritaria que ell