El sol de la mañana era cálido en nuestros rostros mientras caminábamos una al lado de la otra, las mochilas rebotando contra nuestras espaldas.
La calle estaba tranquila, bordeada de árboles viejos, el tipo de ruta que habíamos tomado todos los días desde que éramos niñas. Pero hoy, cada paso se sentía diferente.
No podía dejar de mirar a Clara. Su cabello todavía estaba un poco húmedo, mechones rizados contra su cuello, sus labios ligeramente hinchados por todos los besos, todos los mordiscos