Me obligó a ponerme de rodillas entre sus gruesos muslos. Lo miré hacia arriba, con la visión borrosa por las lágrimas. Su miembro estaba justo frente a mi cara, palpitante y furioso. Parecía el doble de grande que cualquier cosa que hubiera visto antes. Podía oler el calor que emanaba de su piel. "¿Cómo se supone que voy a meter eso en mi boca?", me pregunté, con el pecho apretado por el pánico. "Me va a partir en dos".
—Abre —ordenó, dando un leve golpe con la punta de su longitud contra mi