—¡No! ¡Por favor, no! —grité, con la voz quebrada mientras intentaba juntar las rodillas—. ¡Nunca he hecho eso! No puedes... ¡no va a caber! ¡Por favor, usa la parte de adelante, o mi boca otra vez, pero ahí no!
Temblaba tanto que el marco de la cama repiqueteaba. La idea de que esa longitud enorme y oscura se abriera paso a la fuerza en un lugar que nunca había sido tocado me revolvía el estómago. Ya no me importaba el teléfono. Habría dado lo que fuera por estar de vuelta en mi habitación c