El aviso de desalojo en la puerta de Amy era una mancha naranja brillante que lastimaba la vista. Era un recordatorio constante de que estaba a exactamente tres días de quedarse en la calle. Su cuenta bancaria era un desierto, con un saldo que no alcanzaba ni para una comida decente. Llevaba meses ahogándose en deudas, saltándose comidas y vistiéndose con varias capas de ropa para ahorrar en calefacción. La desesperación era un peso físico y pesado en su pecho.
Pero hoy era diferente. Hoy era