Juliet
Al hermano rubio no le importó que yo estuviera teniendo arcadas. Mantuvo su mano hundida en mi cabello, usándolo como un mango para bombear mi cabeza de adelante hacia atrás. Su verga era un pilar grueso y caliente que llenaba cada rincón de mi boca.
—¡Mmm-phmm! ¡Nnn-gh! —Intenté respirar por la nariz, pero su aroma —almizcle y jabón costoso— era abrumador.
Se salió lo justo para dejarme jadear por aire, enganchando su pulgar en la comisura de mi boca para estirarla más.
—Mírame, Juliet