Estaba junto a mi ventana, mirándolo de nuevo. Se estaba convirtiendo en un hábito.
Mi nuevo vecino. Alto, tranquilo y atractivo sin esfuerzo, de una manera que ni siquiera parecía justa. Era el tipo de hombre que no se esforzaba, porque no lo necesitaba.
“Oh, Dios mío…”, murmuré en voz baja, apoyando la frente ligeramente contra el vidrio. “Está tan condenadamente bueno”.
Mis dedos trazaron patrones ausentes a lo largo de mi brazo, mi mirada fija en él como si no tuviera la capacidad de mi