El cuarto de limpieza detrás del gimnasio era caluroso y estrecho. El olor a cera vieja para pisos y a pelotas de goma era penetrante, pero a la señorita Courtney no le importaba. Estaba presionada contra una pila de colchonetas de lucha, con su falda floral subida hasta la cintura. Detrás de ella, un estudiante de último año respiraba con dificultad, con las manos hundidas en sus caderas.
—¡Ohhh! ¡Sí! ¡Ahí mismo! ¡Más rápido! —clamaba Courtney. Su voz resonaba en los casilleros de metal. El es