La cocina era un torbellino de luz dorada y sombras oscuras, pero lo único que yo podía ver era la forma en que se movía el señor Sterling. Ya no era solo un hombre; era como una fuerza de la naturaleza. Estaba embistiendo a Aria con una potencia salvaje y brutal que hacía temblar la pesada isla de mármol.
—¿Él te hace gritar así? —gruñó, y su voz vibró en el aire—. ¿Ese imbécil sabe cómo darte justo aquí?
—No... mmm-nnn-gh... ¡no, papi! —chilló Aria, hundiendo los dedos en sus hombros, con