Miré a su papá, que ahora me clavaba una mirada que bien podía atravesar el acero. No se veía muy contento. Parecía estar decidiendo en qué parte del bosque iba a enterrar mi cuerpo.
Aria me apretó la mano, cruzando su mirada con la mía por una fracción de segundo. Había un destello de malicia en sus ojos, un desafío oscuro y oculto. Acababa de subir las apuestas otra vez.
—Mucho gusto, señor —alcancé a articular, aunque la cabeza me daba vueltas.
—Así que... —dijo el señor Sterling—. El novio.