Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido un verdadero infierno. Mi cerebro estaba haciendo cortocircuito. Era como si Aria hubiera plantado un virus en mi cabeza, y cada vez que intentaba volver a mi antigua vida, el sistema se caía.
Ayer, por ejemplo. Estaba en el fondo del gimnasio con Zee. Ella era una de esas chicas que normalmente hacían que se me olvidara hasta mi propio nombre. Estaba pegada a mí, con las manos debajo de mi playera y su boca pegada a la mía con un calor desesperado