Repartidor forzado a participar en un trío con seis personas.
La lluvia caía a cántaros, gruesas gotas que desdibujaban el mundo en un gris caótico. Leo limpió el vaho de la ventanilla lateral, con las manos frías contra el volante. Solo le quedaba una entrega. Una casa más en esa carretera solitaria y serpenteante, y podría volver a casa, a su cama caliente.
Se detuvo ante una mansión imponente y oscura. Parecía un castillo hecho de cristal y piedra. Agarró el paquete pequeño, se lo metió bajo la chaqueta para que no se mojara y corrió hacia el porche.