—¡Joder! —maldije.
Dejé caer la cabeza contra los cojines del sofá. Cada nervio de mi cuerpo gritaba: una descarga de electricidad pura y prohibida que se me disparó directo al cerebro.
Ese era el momento en el que debí ponerme de pie. El momento en el que debí apartarla y terminar con esta locura.
Pero al bajar la vista hacia ella, vi su rostro. No estaba burlándose ni actuando como una tentadora. Miraba el bulto en su mano con los ojos muy abiertos y concentrados, con el ceño fruncido en un a