La habitación estaba en silencio, excepto por el sonido de la respiración pesada y húmeda de Arthur. Tenía setenta y dos años, y cada movimiento que hacía parecía requerir toda la energía que le quedaba. Estaba encima de mí, y su piel se sentía como gelatina fría y comprimida contra mis muslos.
Gruñó mientras intentaba empujar, pero su polla era corta y blanda.
Joder. Ni siquiera entraba; solo rozaba torpemente la superficie de mi abertura.
Era un polvo perezoso y terrible, algo que tenía que s