Me deslicé en el salón del trono vistiendo la falda corta que él me había pedido en secreto más temprano. La tela apenas me cubría la mitad del muslo, y había dejado los tres primeros botones de mi blusa desabrochados, tal como él quería.
Cada paso que daba me hacía sentir expuesta; mis pechos casi se desbordaban y mis pezones ya estaban duros contra el delgado material. El palacio estaba en silencio pero no vacío, ya que los guardias seguían patrullando los pasillos. Eso hacía que todo se sint