Decidí ir a la escuela del pueblo a la mañana siguiente, ya que había oído hablar de ella.
En cuanto entré en el pabellón abierto, todas las cabezas se giraron.
Los niños pararon sus juegos. Los profesores se quedaron a medias.
Todos los ojos se clavaron en mí... la única persona que iba vestida en un sitio donde la desnudez era lo más normal del mundo.
Sentía sus miradas pesándome en los hombros. El contraste se me hacía denso, casi asfixiante; la brisa de la mañana me mecía los vaqueros