«No había tenido un orgasmo con otra persona en tres años.
Ni uno.
Podía correrme sola en menos de cuatro minutos si estaba desesperada, pero en cuanto un hombre me tocaba (dedos, lengua, polla, daba igual), todo se apagaba. Mi cuerpo se convertía en hormigón. Fingía, me apartaba y me quedaba mirando el techo mientras el de turno roncaba a mi lado, convencido de que me había volado la cabeza.
Empezaba a sentirse como una maldición.
La gota que colmó el vaso fue Julian (alto, dulce, absurdamente