«Me presenté a la segunda sesión con la libreta apretada contra el pecho como si fuera una bomba.
Setenta y tres páginas.
Setenta y tres páginas de mí por fin diciendo la verdad.
Él mismo abrió la puerta. Sin recepcionista, sin filtro. Solo él, con una camisa negra, las mangas más remangadas esta vez, las cicatrices de sus antebrazos captando la luz baja. No habló. Simplemente se apartó y me dejó entrar.
La habitación se sentía distinta hoy. Las persianas estaban medio bajadas. Una lámpara ardí