Dashi
Mer y yo habíamos empezado a sacar todo desde comienzos de la noche anterior. Los baúles de mi señora estaban completamente empacados, por lo menos las cosas más importantes, y los soldados las tenían protegidas. En la mañana la sacerdotisa se había ido a la biblioteca, y tiempo después, como por obra de magia, había parecido a la puerta de mi habitación, Luther.
—Su princesa y usted corren peligro— me dijo directamente mirándome con sus ojos oscuros. No era un hombre que perdía tiempo,