Estaba frente a una puerta que ya conocía, esperó a que la mujer de servicio lo atendiera y lo dirigiera al salón, como lo hizo la otra vez. En esta ocasión estaban tanto la señora Diana cómo el señor Imanol, los dos lo esperaban de pie.
— Buenos tardes — dijo Freire —. Lamento llegar tarde.
— Y yo — respondió el señor Imanol con voz fría —, lamento verle en estas circunstancias, sin embargo, necesito confirmar que lo que aquí se cuente no salga de este lugar.
— ¿Disculpe? — Había tratado más ve