Capítulo 3
[Punto de vista de Skye]

Las palabras cayeron en el silencio como piedras sobre aguas tranquilas.

Los ojos de Jaxon se entrecerraron.

—¿Qué acabas de decir?

—Me oíste. —Mis manos estaban firmes en ese momento, aunque el corazón se me hacía pedazos—. Sea cual sea el enfermizo acuerdo que Cassandra y tú hayan planeado, no cuenten conmigo. No formaré parte de esto.

—No lo dices en serio. —Jaxon dio un paso hacia mí y, por un instante, algo cruzó por sus ojos: sorpresa, quizá, o enojo—. Skye, eres mi compañera. No puedes simplemente…

—Obsérvame.

Me di la vuelta y salí antes de que pudiera verme derrumbarme. Antes de que Cassandra pudiera ofrecerme más de su compasión venenosa. Antes de que hiciera alguna estupidez, como contarle sobre el cachorro que crecía dentro de mí, el cachorro que debería haber sido su heredero, pero que ahora jamás lo sería.

Detrás de mí, oí que Jaxon gritaba mi nombre con voz autoritaria.

No me detuve.

No miré atrás.

Las manos me temblaban y las piernas me flaqueaban mientras subía por el acantilado hacia mi escondite secreto, pero seguí avanzando hasta llegar a la cima. Había encontrado aquel lugar cuando tenía catorce años, después de una de las tantas veces en que Cassandra me había humillado frente a toda la manada, y desde entonces acudía allí.

Era hermoso. Tranquilo. Todo lo que mi vida no era.

Me rodeé las rodillas con los brazos y me permití llorar de verdad, con aquella clase de sollozos entrecortados y horribles que jamás dejaría que nadie presenciara. El maquillaje que me había aplicado con tanto cuidado probablemente me corría por el rostro en surcos oscuros. El vestido azul que supuestamente le gustaba a Jaxon estaba arrugado y sucio por haber escalado hasta allí.

No me importaba.

Que todo se desmoronara. De todas formas, no había sido más que una ilusión.

—Sabía que te encontraría aquí.

Levanté la cabeza de golpe y mi loba reaccionó con alarma antes de que percibiera el aroma familiar. Un cálido aroma a azúcar morena. Reconfortante. Conocido.

Noah.

Estaba de pie a unos metros de distancia, con las manos en los bolsillos y el cabello oscuro ligeramente revuelto por el viento. Aquellos cálidos ojos marrones que se entrecerraban de la risa cuando nos escapábamos juntos estaban llenos de preocupación.

—Vete —le dije con la voz áspera.

—No puedo hacerlo. —Se acercó y se acomodó sobre la roca a mi lado con la naturalidad de alguien que ya lo había hecho cientos de veces—. Estás alterada.

—Qué observador. —Me limpié el rostro, odiando que me viera de aquella manera—. ¿No deberías estar con tu Alfa? Seguro que necesita a su Beta para ayudarlo a controlar las consecuencias del comportamiento de su dramática esposa.

Noah no cayó en la provocación. Se limitó a permanecer allí, firme y sereno, como siempre.

Solíamos hacer eso todo el tiempo cuando aún éramos mejores amigos. Incluso llegué a preguntarme si podríamos ser compañeros destinados, aunque estaba demasiado absorta en mi amor por Jaxon para pensarlo mucho. Era ridículo, considerando que él salía con mi hermana y yo jamás había tenido el valor de hacer algo más que admirarlo desde lejos.

Pero eso había sido antes de que todo saliera mal. Antes de la noche en que cumplí dieciocho años, cuando el aroma de Jaxon me golpeó y comprendí que, después de todo, mi mejor amigo no era mi compañero. Antes de que Noah se alejara de mí y me dejara enfrentar sola un matrimonio sin amor y mi nuevo papel como Luna.

—Lo siento —dijo en voz baja.

—¿Por qué? Tú no embarazaste a mi hermana.

—Skye…

—Él todavía la ama —solté, dejando que las palabras se desbordaran antes de poder contenerlas—. Quizá siempre la ha amado. Y terminó atrapado conmigo. Con la patética chica que estaba enamorada de él desde los quince años, tan desesperada por ser elegida que aceptaba cualquier migaja que él le arrojara.

—Basta. —La voz de Noah sonó firme y teñida de algo parecido al enojo—. No hables así de ti misma. No eres patética, Skye. Eres la mejor Luna que ha tenido esta manada en generaciones.

El elogio me cerró la garganta.

—Eso no importará cuando se divorcie de mí.

—No puede hacerlo. —Noah tomó mi mano. La suya era cálida y firme—. Aunque quisiera, y no creo que realmente lo quiera, romper el vínculo con una compañera destinada no es algo sencillo. Mucho menos para reemplazarte con alguien que ni siquiera es su verdadera compañera.

—Tiene un cachorro con ella. —Las palabras se sentían pesadas. Definitivas—. Un heredero. Eso lo cambia todo.

—Cambia el panorama político —admitió Noah—. Pero no cambia lo que eres para él. Lo que has sido para esta manada. Has sido una Luna mucho mejor de lo que Cassandra podría llegar a ser: más compasiva, más dedicada, más…

—Más tonta. —Aparté la mano—. Creí que amarlo bastaría para ganarme su corazón con el tiempo. Pero desperdicié tres años intentando conseguir que me amara, Noah. Tres años fingiendo que todo estaba bien cuando era evidente que no era así. Y durante todo ese tiempo, él estuvo añorando a mi hermana.

—No lo sabes.

—Vi cómo la miró hoy. —Se me quebró la voz—. Como si ella fuera la respuesta a una pregunta que llevaba años haciéndose. Y vi cómo miró a ese pequeño. A su cachorro. Había… ternura. Algo que jamás he visto cuando me mira a mí.

Noah guardó silencio durante un largo momento. Cuando habló, lo hizo con cautela.

—Estuve en la sala de reuniones después de que te marcharas. Vi lo destrozada que estabas. Demonios, todos lo vieron. Y, si sirve de algo, Jaxon también parecía bastante afectado.

—Porque su sucio secreto quedó al descubierto.

—Quizá. O quizá porque comprendió lo que está a punto de perder.

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