El helicóptero se había ido y los coches negros habían desaparecido de vuelta hacia la autopista. Por primera vez en días, el único sonido en Seaside Point era el rítmico golpe-golpe-golpe del martillo de Elías.
Estaba trabajando en la nueva pared trasera. Sin sus herramientas caras ni un equipo de trabajadores, cada clavo se sentía personal. Le dolían las manos y los vendajes blancos estaban ahora grises de polvo, pero no se detenía. Necesitaba el dolor físico para ahogar el ruido en su cabeza