No le insisto más, en algún momento se calmará, sólo necesita tiempo, y aunque estoy agonizando por saber que la tiene así, prefiero respetarlo.
—Ya, tranquila, no tienes que decirme —tomo de sus hombros y los acaricio suavemente.
Voltea quedando cara a cara conmigo, dejándome ver su rostro rojo del llanto, estiro mi mano y toco su mejilla tiernamente.
—Gracias —gimotea. —. Por ti aún queda una parte de mi corazón —deja caer su cabeza sobre mi pecho y la abrazo.
Subo y bajo mi mano sobre su