Me desperté en la cama de Mia con la luz del sol colándose por las persianas y el olor a café subiendo las escaleras.
El cuerpo se sentía… usado. Deliciosamente dolorido en sitios donde nunca había estado dolorida. Cada movimiento de las sábanas me recordaba las manos de Elias, su boca, la forma en que me había deshecho en su despacho.
Miré el techo; el corazón acelerado otra vez.
Mia seguía dormida a mi lado; un brazo echado sobre la cara, roncando suavemente. Me escabullí de la cama lo más si