25

—En dos días, vendrá tu prometido Ailín. Deja de perderte en el maldito bosque –exclamó empujándome al suelo. Caí de rodillas, y presioné mi cuello con dificultad. Levanté la vista y mis ojos tenían lágrimas que no, no derramaría ante él.

—Sí… —comenté y el se marchó dejándome sola.

Estábamos solos. Pero él, me estaba utilizando como moneda de cambio, nada más. Mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, y esta vez en el regocijo de mi habitación me permití llorar.

Mis sollozos alcanzaron triste
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