La atmósfera en el despacho de Liam es tan pesada que parece capaz de quebrar el cristal reforzado de los ventanales. La ciudad se extiende debajo, indiferente a la tormenta que se gesta en el piso cuarenta y seis.
Liam está de pie, de espaldas a la puerta, observando los edificios de que rodean su refugio con la mirada de un general que sabe que sus líneas de defensa están siendo vulneradas.
El sonido del ascensor privado llegando al piso es seguido por pasos firmes. No son los pasos ligeros d