Treinta y dos

Ignacio se quedó mirándola, Violet no pudo evitar mirarlo del mismo modo hasta que Salomé interrumpió rebelde buscando pararse en las piernas de Violet.

—Apa, papá —extendió los brazos.

—No, no amor, papá, no puede cargarte ahora, debe conducir, Ignacio no sé si fue un cumplido, ni si debo agradecer, pero gracias, viniendo de su parte, lo mejor es agradecer y asumir que lo es, confieso que empiezo a creer que no era tan cierto eso de que no le gustaban los niños y las mujeres jóvenes.

Ignacio s
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