La tormenta continuaba su furioso asalto contra la cabaña, pero en el interior, el calor entre Hannah y su padrastro Theodore Montgomery había transformado la sala en un guarida privada de placer prohibido.
Tras su explosivo 69 junto a la chimenea, Theodore puso a Hannah de pie; su verga de diez pulgadas seguía semierecta y reluciente por la saliva de la joven.
Sus ojos azules ardían con un hambre oscura mientras miraba a su desconsolada hijastra.
—Aún no has terminado, nena —gruñó él, con la v