El control de Kevin finalmente se rompió. La visión de Juliana, su propia hijastra, abierta de piernas y rogándole en su oficina lo había llevado más allá del punto de no retorno.
La levantó de la silla con manos bruscas, su gruesa polla todavía dura como una roca y brillante con los jugos de ella.
—Sobre el escritorio. Ahora —ordenó, con la voz ronca de lujuria pura.
Juliana se inclinó obedientemente sobre el gran escritorio de roble, arqueando la espalda y levantando la pierna derecha b