«¡Vainilla… ven a mi oficina!»
Las palabras cortaron el aula como un látigo mientras los estudiantes empezaban a recoger sus cosas. Vainilla se quedó congelada en su asiento; un rubor intenso le subía por el cuello y la cara. Odiaba absolutamente ese nombre.
Su madre se lo había puesto hacía veintiún años, pensando que era mono y dulce. Todo lo que le había traído era burla interminable, miradas extrañas y, ahora, como estudiante universitaria, las constantes bromas de sus compañeros, que lo en