Tic. Tac. Tic. Tac.
Benjamín nunca se había detenido a pensar que el reloj de gallina, sobre la pared del comedor, realmente parecía algo estúpido. Incluso tétrico. Parecía que la gallina lo observaba con esos ojos saltones que se movían de uno a otro lado.
Inconscientemente su cabeza comenzó a moverse al compás del ticteo del reloj.
¡Argg! ¿Cuánto más piensa tardar esta gente? ¡Tengo hambre, señores!
Ahí, solitario en la gran mesa del comedor, se encontraba el pelinegro desde hacía…15, 20…