El hospital Clinica Luganese Moncucco era una maravilla de vidrio y acero que brillaba bajo las luces nocturnas como joya fría e impersonal, el tipo de lugar donde la tecnología médica más avanzada de Europa se encontraba con la discreción suiza que permitía a los ricos morir con la misma privacidad con la que habían vivido. La sala de espera de cuidados intensivos estaba decorada en tonos de gris y blanco que pretendían ser calmantes pero que solo lograban hacer que todo se sintiera más estéril, más alejado de la humanidad cruda que sangraba en las habitaciones detrás de las puertas de seguridad.
Nick observaba a Vittoria sentada en una de las sillas modernas e incómodas, con su cuerpo encorvado de formas que la hacían parecer que había envejecido décadas en las últimas dos horas. Sus manos temblaban constantemente, un temblor fino que hablaba de shock que iba más allá de lo emocional y que se adentraba en territorio físico peligroso para mujer de noventa y ocho años.
Sofia estaba en