La oficina del FBI en Manhattan olía a café rancio y a la tensión particular que venía de casos que oficialmente estaban cerrados pero que extraoficialmente mantenían a los agentes despiertos por la noche. La Agente Sarah Chen estaba sentada frente a Nick y Alberto con una carpeta manila que había sido marcada como "Confidencial" en tinta roja que parecía casi agresiva en su advertencia, y su expresión portaba el tipo de frustración que venía de saber la verdad pero no poder probarla legalmente