Nick no durmió esa noche. O la siguiente. O la que siguió.
Para el viernes, Manuel lo encontró dormido en su escritorio a las siete de la mañana, rodeado de reportes financieros y taza de café frío.
—Jesús, Nick. —Manuel cerró la puerta—. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a casa?
—Miércoles. Creo. —Nick se enderezó, su cuello crujiendo dolorosamente—. ¿Qué hora es?
—Hora de que admitas que esto no está funcionando.
—Los números están mejorando...
—No estoy hablando de números. —Manuel se sent